domingo, 18 de septiembre de 2011

Jean Grémillon - Remorques (1941)


Filmada bajo la ocupación alemana, narra la historia de André Laurent, el capitán delCyclone, un remolque bretón. Él está casado con Yvonne, una frágil mujer a la que quiere mucho, aunque su gran pasión es el mar. Una noche, en medio de una tempestad, salva a una bella mujer, Catherine, de la cual se enamora locamente.

Entre los realizadores franceses que desarrollaron el grueso de su obra entre las décadas de los 30 y 40, Jean Gremillon no goza del reconocimiento de los Carné o Duvivier, pese a que en esa época su prestigio fuese indudable (llegando a ser director de la Cinemateca Francesa, por ejemplo). En nuestro país su figura es aún menos conocida y hasta donde yo sé, tan sólo esta Remorques (de remolcadores y no de remordimientos) emitida hace unos años ya por Cineclassics es una de las pocas de sus películas que se pueden conseguir con subtítulos en nuestro idioma. Junto a éste, sus dos filmes realizados en 1943, Lumiere d’eté y Le ciel est à vous —que no he podido ver— son los que tienen la reputación de estar entre lo más destacado de su filmografía, al parecer, plagada de arrebatadas historias de amor.
La gestación de Remorques es dificultosa y comprende tres años, a caballo entre la década de los 30 y la de los 40; su rodaje fue interrumpido en el 39 debido al estallido de la guerra y completado en los dos años siguientes. Este hecho provoca que la unidad del filme sea en ocasiones escasa, hecha de jirones y ensamblaje de partes: exteriores e interiores, maquetas, estudio y localizaciones reales, que sin embargo no dejan de conferirle un halo de romanticismo (la sublimación de la ruina) que el filme aprovecha en su favor.
La improbable historia de un capitán de barco remolcador (Jean Gabin) que tras una vida de hawksiana rectitud moral y laboral, descubre el amor fuera del matrimonio con una bella y joven náufraga (Michelle Morgan), está trenzada con intensidad hilvanando secuencias de rescates marítimos realizadas con maquetas (aun cuando el deseo de su director era realizarlas en vivo; algo imposibilitado por la situación bélica), la acertada descripción de ambientes (las bodas marineras, tabernas, personajes y playas de intenso olor a sal) y en especial las arrebatadas secuencias “a dos” que protagonizan la pareja de protagonistas (pareja en la vida real por aquel entonces) o las de Gabin con su esposa. El conjunto, atravesando escollos y desequilibrios varios avanza en una acusada línea vertical de intensidad; responsabilidad en gran parte debida, sin duda, al trabajo de Jacques Prévert, poeta y guionista de lo más granado del realismo poético francés, que dota a los diálogos de un extraño regusto poético.
Destaca sobre el conjunto el momento en el que el capitán y la joven se verán impulsados, sin poder evitarlo, uno en los brazos del otro: una evocadora panorámica, en contraposición a las secuencias interiores protagonizadas por su postrada esposa, traza el paseo por la playa de los futuros amantes. Ya en el interior de una irreal casa al borde de la playa (en la que habita el fantasma de la imposible felicidad marital, pero también la promesa de “otra vida”) Gabin tratará de luchar contra sus deseos: toda su entereza, su rectitud y su moral (que no dudaba en censurar el adulterio de uno de sus marineros) se ven abatidas, traicionando en un mismo instante a su esposa y a su trabajo, aun sabiendo de la imposibilidad de una relación que se resolverá fugazmente con la intensidad que transmite el plano final del rostro de Gabin, sólo, atormentado y azotado por la inclemente lluvia al timón de su nave.
Remorques es, en definitiva, uno de esos pequeños filmes (tanto por producción como por duración) que estallan en vibrantes relámpagos durante su visionado. (Texto de Angel Santos Touza, tomado de Miradas de Cine)

"Sin duda es necesario atender inmediatamente acerca del sentido de la palabra ‘realismo’.Propongo, de manera general, que es el descubrimiento de lo sutil que no percibe el ojo directamente y es necesario mostrárselo para establecer las armonías, las relaciones desconocidas entre los objetos y los seres, vivificando cada vez esta fuente imposible de imágenes que sacuden nuestra imaginación y encanta a nuestro corazón."Jean Grémillon

FA 4391

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